02 septiembre 2007

Esa palabrota

Llovía a diablos. Iba casi descalzo y mis pies eran un charco con dedos. Bastaba con las tres mil gotas, el viento en la cara y el paraguas maltrecho para tener una tarde de olvido... Pero un desconocido pasó a 100 kilómetros por hora con sus amigos adolescentes, sacó la cabeza por la ventana del carro y ahí, bajo aquel diluvio del génesis y el manto negro de las nubes, me asoleó.
De la "h" hasta la "a", aquel fue un madrazo extenso, una nota sostenida que se escuchó casi letra por letra.
Miré el carro alejarse y sonreí... ¿Y este qué creyó? ¿Seguro mi madre va a ser una cualquiera solo porque él lo diga? ¿Se sintió muy hombre gritando y huyendo? ¿Cuál es el chiste de este insulto si solo dos personas lo escuchamos?
Aún no comprendo por qué tantos se ofenden cuando les dejan caer encima el palabrazo, si este mundo es un pañuelo y todos saben quiénes son las del negocio... El mundo no cambia porque desahogue mis fracasos con un desconocido... Es más, al amigo de la boca grande, que mejor repiense sus diversiones y analice con qué autoridad moral grita desde una ventana el hijo de su casta madre...

2 comentarios:

Danilo Mora dijo...

Una manera muy filosófica y positiva de tomar las cosas.

Bien dicho, un insulto de un desadaptado, estresado, loco (lo que usted quiera) no debe ser motivo para sobresaltos o enojos, que ya de por sí la vida es muy complicada como para darle bola a esta gente.

Muy buen consejo. Ojalá podamos ponerlo en práctica cuando se nos presente.

Denise dijo...

¡Y tu mamá que es máaas buenaaa!