23 abril 2009

Con María vivimos la Pascua


Iniciaba la celebración de la octava de pascua (8 días posteriores al domingo de resurrección y que se celebran como si fueran ese mismo día de pascua) visitando el santuario de nuestra Señora de Fátima en Portugal, y este fin de semana estaré de peregrinación, con los jóvenes de la parroquia en la que colaboro, al santuario de nuestra Señora de Lourdes en Francia. Es por eso que digo que estoy viviendo con María este hermoso tiempo de la resurrección del Señor. Bendigo a Dios que en su providencia infinita me da este regalo espiritual, pues de la mano de esta testigo por excelencia, y cobijado a su maternidad es más fácil contemplar el misterio de la Pascua del Señor.

Con una gran similitud a los textos del domingo pasado, nos regala las lecturas del tercer domingo de Pascua, la figura valiente de Pedro en la primera lectura (Hech 3,13-15.17-19) dando su testimonio pascual, donde toca la raíz creyente de la fe de Israel, pues dice que el mismo Dios de los patriarcas es el que ha glorificado a Jesucristo. Es el anuncio victorioso de la vida en Cristo, pero a la vez, un llamado a la conciencia de aquellos que lo rechazaron y lo mandaron a la muerte. Ellos escogieron la muerte del justo rechazando al que es la vida misma. Creo que a este pueblo judío le pasa lo mismo que a nuestra sociedad moderna, prefiere optar por lo que a traído muerte o nos trae destrucción y desprecia al que da la vida. Para ellos su opción se llamó Barrabás, para nosotros puede ser: droga, odio, pereza, corrupción, materialismo, superstición, malas influencias, actividades vanales, en fin todo aquello que nos roba la vida, el tiempo , el gozo de vivir la gracia de Cristo.
Aunque Pedro les deja claro que han matado al autor de la salvación, reconoce que es la ignorancia la que los ha llevado a esto, argumento que no siempre nos escuda a los que ya hemos conocido y experimentado de tantas formas la bondad de su amor. Mas aun Pedro les hace ver que a ese que mataron Dios lo ha resucitado, como lo había anunciado, por lo que nos abre la esperanza del arrepentimiento y la conversión. Y miremos que lo dice Pedro, alguien que sabe de pecado, porque lo negó pero también de arrepentimiento pues llora sus negaciones y allí está firme y valiente, no dejando ya ni las sombras del cobarde pescador escurridizo de la noche de la pasión, acusado por el canto del gallo. Parece que el débil ahora ha sido fortalecido en el Espíritu del Resucitado.

En la segunda lectura (I Jn 2,1-5) escuchamos la voz de otro testigo cualificado de la resurrección, el discípulo amado, quien nos exhorta a evitar ese pecado que es negación de Dios y opción del mal en nuestra vida, pero si alguno peca dice Juan nos consuela tener a quien interceda y abogue por nosotros, el único que nos puede justificar pues ha pagado el precio de nuestras culpas con su sangre preciosa, Jesús será los lentes con los que nos mira el Padre celestial, si cabe la pobre comparación.
Esto abre la gran esperanza de la Iglesia que se reconoce tan pecadora pero que descubre en la Escritura la justificación por Jesucristo ganada para todo el género humano.
Ya son dos testigos de la resurrección que nos muestra la Palabra, los que corrieron al sepulcro tras las noticias alarmantes de la Magdalena, aquellos que corren juntos, aunque uno corre más que el otro y que parece creer primero también, él que más ama, él que más se dejó amar por Jesús, él que nos recuerda también en esta carta, que debemos conocer el misterio de su amor, para poder vivir realmente sus mandamientos.

La versión que nos regala Lucas en el Evangelio (24,35-48), muy parecida a la que daba San Juan el domingo anterior, excluyendo el encuentro con Tomás y la temática del perdón de los pecados. Nos reitera la experiencia de los discípulos de Emaús, que nos viene a recordar el sitio por excelencia donde nos encontramos a Jesús, al partir el pan, la Eucaristía, allí se acaban las dudas, la incertidumbre, los miedos y las decepciones. Nos recuerda una vez más el gran regalo de la resurrección: LA PAZ, esa que tan fácilmente perdemos en la vida, a veces hasta en experiencias tan poco significativas, pero que nos descontrolan, el carácter, las emociones, los sentimientos. Pero también en esos verdaderos torbellinos de la existencia en los que sentimos que todo se derrumba y no sabemos como recomenzar.
Jesús está realmente entre nosotros, en nuestra historia, no es un fantasma, ni un alma en pena. Está vivo y resucitado y se sienta a comer con nosotros en la Eucaristía, se hace alimento para abrir nuestro entendimiento y así poder entender las Escrituras, que al pueblo judío y a nosotros mismos hoy nos cuesta muchas veces comprender y creer.
El episodio evangélico termina con un recordatorio y un envío: "Ustedes son testigos de esto". Lo que nos recuerda que es maravilloso sentirse amado y perdonado por él, que está muy bien escuchar su Palabra y sentarse a la mesa y llenarnos de su paz. Pero también debemos ser y vivir como testigos de lo que hemos visto y oído.
Por eso les decía que María es la gran compañera de la pascua, ella la testigo más íntima y cercana a Jesús, la más silenciosa porque no se lo anuncia a nadie ni Jesús se le aparece como se le apareció a tantos, de seguro que la fe de María no necesitaba de ello, la que está con los discípulos en la espera del pentecostés como se lo encomendó Jesús, la que anima hoy el caminar de la Iglesia con su amorosa mediación de madre en Fátima, Lourdes, en Cartago y en la Iglesia extendida en el mundo entero. Preparémonos a iniciar el mes de mayo donde con tanto amor la Iglesia en todos sus rincones le rinde filial veneración y cariño. De su mano caminamos en la vida del resucitado.

Estas fotos son el santuario de Fátima en Portugal y la procesión del rosario de antorchas que se organiza por la noche en la plazoleta.
Con el cariño de siempre. P. Daniel.















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