13 febrero 2009

Limpiemos nuestras lepras

Hola, les cuento que he estado esta semana de descanso por Madrid, ayudando un poco en la parroquia del Carmen, Pozuelo de Alarcón, he podido compartir con mi hermano en el sacerdocio Oscar Sánchez, me encontré con mi primo Randall Corella Vargas, a quien le agradezco compartir este blog, él es periodista y esta haciendo una experiencia de formación y trabajo por acá, pues hemos podido disfrutar buenos momentos en Madrid y Toledo. También pude reencontrarme con Gustavo Avila y otros ticos que se están formando con los Agustino Recoletos y tienen su casa de formación en las Rozas (no es falta de ortografía así se escribe el nombre del lugar) cerca de donde estoy, con toda la comunidad de frailes celebré el jueves 12 la Eucaristía y pasamos un buen rato tomando café tico y haciendo remembranzas de nuestro terruño. Por lo tanto, como ven la he pasado muy bien y compartiendo con mucha gente querida. Además les cuento que estoy feliz y muy agradecido con Dios, pues mi hermano menor Jimmy y su esposa Yajaira me han participado de la buena noticia de que seré de nuevo tío, así que bendito sea Dios y desde ya bendiga al nuevo sobrino o sobrina. Un gran saludo de cariño y afecto en el día del amor y la amistad, para todos los que me honran con ese lindo sentimiento. El próximo lunes 16 regreso a Pamplona para retomar el estudio del segundo semestre.
Y ahora si me lo permiten quisiera compartir algo de la riqueza que la Palabra de Dios, este VI Domingo del tiempo ordinario nos regala.

Tal vez muchos solo sabemos de la lepra por lo que hemos leído o nos han contado, pues hoy es una enfermedad poco común y ya controlada médicamente hablando. Como lo podemos leer en el texto de Levítico (13,1-2.44-46), en el Antiguo Testamento tener lepra, implicaba una absoluta impureza ritual y comunitaria, ya que era altamente contagiosa y no se le conocía cura. Lo que implicaba aislarse de la familia, de la comunidad, tenían que vivir lejos del pueblo, ir proclamando su mal para alertar a los otros y por supuesto impedimento para vivir la fe con los demás. Esto hacía que el leproso fuera una persona rechazada y destinada a morir en el abandono y deterioro, físico y moral. Podríamos decir que estaban muertos en vida, sin esperanza.
Aunque toda la gente rehuía al contacto con un leproso, por miedo al contagio, es hermoso ver la actitud y el gesto que tiene Jesús con un leproso que sale a su encuentro. (Mc. 1,40-45)
Veamos la posición humilde y de abandono que tiene el leproso: "Si quieres puedes limpiarme". Es un hombre hundido en una desgracia, pero no envenenado de pesimismo ni de resentimiento, no exige ni reclama nada, sólo clama con sencilla confianza. Pero más conmovedora todavía la actitud de Jesús, siente lástima de él y lo toca, para que veamos que nunca es indiferente a lo que vivimos o sentimos, aunque todo el mundo nos diera la espalda, su compasión es fiel y por si eso fuera poco lo toca, lo que nadie se atrevía a hacer, lo toca y le dice: "Quiero, quedas limpio".
Cuantas nuevas lepras se podrían ver hoy en la sociedad, pues llevan al ser humano al mismo aislamiento social, a un impedimento para vivir plenamente la fe, a experimentar el rechazo muchas veces insensible de la sociedad y a veces hasta de los suyos más cercanos. Estas lepras modernas las puedo crear yo mismo con mis errores y encerrándome en ellas, me las pueden endosar otros con los prejuicios, o simplemente me las etiqueta una sociedad que a veces hace muy bien el doble juego moral, pues señalo y condeno las lepras ajenas pero no miro las propias.
En la lista de las neo lepras podríamos citar:
-El sida.
-Las drogas.
-Una orientación sexual distinta.
-Raza, color o procedencia.
-Religión diferente.
-Capacidad o necesidad especial en lo físico, psíquico o sensorial.
-Pobreza o ignorancia.
-Ser divorciado o madre soltera.
-Tener una ideología política distinta, o el simple gusto de una apariencia diferente.
En fin pueden haber muchas formas, no digo que todas sean justificables, o enfermedades comparables con la lepra, ni menos voluntarias, lo cierto es que muchas personas sufren el rechazo, la discriminación, el abandono. Pues olvidamos a la persona y solo vemos su lepra, como si se nos fuera a contagiar les apartamos, como si yo fuera juez y muy puro les condeno para estar moralmente por encima o verme mejor que ellos. Jesús no vio un leproso, vio un amado de Dios, sufriendo por la lepra, le habló, le tocó, le sanó. Quizás para limpiar nuestras lepras tenemos que empezar por querer ser limpiados, pensemos por un momento que circunstancias de mi vida, me están bloqueando una vida plenamente abierta a Dios y a los demás, dile entonces al Señor "si quieres límpiame". El salmo 31, nos invita a buscar al Señor como nuestro refugio y encontrar en el la liberación. Pero también sería oportuno pensar cuantas lepras les estamos endosando a otros con nuestras burlas, discriminaciones, juicios o rechazos.
Como la primera carta a los Corintios (10,31-11,1) nos lo enseña, debemos hacer todo para la gloria de Dios y no para el escándalo de los demás.
Que Dios nos de la gracia de proclamar sus maravillas como lo salió haciendo aquel leproso sanado, pues Cristo le había devuelto la salud, la vida, la felicidad, sin lepra ya era de nuevo valorado como persona.
CON EL CARIÑO DE SIEMPRE P. DANIEL.

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