16 mayo 2009

Los elegí para ser mis amigos



Como si estuviéramos retomando el texto y la temática del Evangelio de hace ocho días, la Palabra (Juan 15,9-17) nos sigue motivando a permanecer unidos a Jesús, unidos en su amor trinitario, como el Padre y él se aman y así amarnos entre nosotros, en muchos frutos de amor.

Cual ha sido la intención de Jesús para revelarnos este camino de amor en su Palabra: darnos su alegría y una alegría no pasajera o superficial, como la ofrecen tantas cosas del mundo, sino una alegría plena.

También nos viene a recordar Jesús que la relación que el quiere tener con nosotros no es de siervos o esclavos, sino de amigos, Amigos a los que él mismo eligió. Cuanta felicidad da el sentirse: amado, pensado y llamado por Dios, para ser su amigo. Porque como le contamos nuestros sueños, deseos y planes a los amigos de más confianza, así él nos ha dicho lo que quiere su Padre y que él realiza como voluntad propia. ¿Es esa nuestra relación con él? ¿La qué tenemos con el mejor amigo? De una hermosa relación de cariño y amistad brotan tantas cosas lindas: compañía, solidaridad, gozo, sacrificio, renuncia, entrega, lealtad, comprensión, apoyo incondicional. Es fácil percibir cuando entre dos personas hay buena amistad, al punto que a veces de mala manera otros sienten celos o envidias de esa amistad. Toda amistad debe hacernos crecer y abrirnos a los demás y no encerrase en si misma, pues esto la podría llevar a su destrucción, a volverse enfermisa, a viciarse. ¿Perciben los demás en nosotros la amistad con Jesús? Los amigos se quieren ver y hablar de sus cosas, con Jesús lo podemos hacer en la oración. Los amigos se perdonan, por eso nos deja la reconciliación. Los amigos comen juntos, por eso se queda en la Eucaristía. Los amigos se regalan lo mejor, por eso nos dejó a su madre.

No ha sido nuestra elección, por eso no podemos presumir, de allí la actitud de Pedro en la primera lectura cuando le querían dar gestos de adoración, por lo que había hecho en nombre de Jesús. (Hch 10,25-26.34-35.44-48) Donde además nos recuerda que los llamados no son solo un grupo escogido, selectivo y discriminatorio, sino que a todos los hombres del mundo se les abre la posibilidad de la gracia, en Cristo Jesús, especialmente en la efusión del Espíritu, como lo celebraremos al final de mes con el Pentecostés. Lo que nos hace recordar que no debemos descalificar a nadie en la posibilidad de descubrir la amistad de Cristo. Que en los cristianos no cabe la discriminación racial, sexual, religiosa, étnica, cultural, ni de ningún otro tipo.

Esa fuente de amor puro, amistoso, abierto a todos, sólo lo puede estar en Dios por eso el apóstol Juan también en la segunda lectura de este domingo (1Jn 4,7-10) nos recuerda que si alguien no ama, es porque no ha conocido a Dios, pues Dios es amor. Amarnos unos a otros es la tarea, como familia, como amigos, como compañeros, como vecinos, como cristianos, como humanos.

El mayor problema del mundo de hoy no es la crisis económica, ni la gripe porcina o A, es que no nos amamos unos a otros, ni somos amigos de Jesús, como él lo es de nosotros.

Con el cariño de siempre.

P. Daniel.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Estimado señor:
Deseo invitarle a la lectura de mi último artículo, distribuido en tres entradas acerca de las diferencias existentes entre una cosmovisión religiosa y tradicional, y otra, en el mejor de los casos sucedánea y moderna. El texto refleja un intercambio de opiniones entre un creyente convencido y sin “pelos en la lengua”, (un servidor) y un hombre “normal” que sigue unas pautas modernas.
En este escrito queda clara lo radical de las diferencias entre las dos concepciones. Tras su lectura es cristiano podría llegar a plantearse hasta que punto es factible un cómodo apaño híbrido tradición-modernidad.
Espero que la lectura sea de su agrado.
Un abrazo desde las islas canarias.