Hola hermanos, de nuevo estamos en Pamplona, después de dos lindos meses en Costa Rica con mi linda familia, gracias a ellos y a mucha gente que me ayudó pude estar por allá y disfrutar mucho de la bella tiquicia. Gracias a todos por su cariño, presencia y oración.
Retomo la humilde reflexión de la Palabra dominical así como mis estudios, con la esperanza y el ánimo puestos en el Señor que guía nuestros pasos.
DOMINGO 6 DE SETIEMBRE DEL 2009. 23. DEL TIEMPO ORDINARIO.
Vivimos una época de la historia, muy privilegiada para poder comunicarnos, yo estoy a más de 10.000 km de mi tierra y puedo comunicarme con mi familia y amigos, por las vías de comunicación hoy creadas: correspondencia, teléfono, internet, messenger, skype... la tecnología es impresionante les veo, les oigo, les hablo con el micrófono y les veo o me ven por la cámara.
¿Podríamos imaginar por un momento con todas esas posibilidades, que sería no poder hablar o escuchar? Precisamente el Dios revelado en el Antiguo Testamento nos comunicaba a través del profeta Isaías (35,4-7 ) su motivación a no tener miedo a ser fuertes en cualquier situación difícil de la vida, pues Él con su poder es capaz de abrir los ojos del ciego, la boca del mudo o los oídos del sordo. Pues si es capaz de hacer brotar agua de un desierto que no podrá hacer en nuestras vidas.
Precisamente el pueblo de Israel había visto estos prodigios naturales en su experiencia del desierto, pues Él apacigua su sed y hace producir la vida donde solo se vislumbraba la muerte. Pero el amor y poder de Dios van más allá promete reivindicar la dignidad misma del ser humano y su capacidad de comunicarse con los demás.
Que sordos y mudos podríamos andar hoy nosotros, aun y a pesar de tanta tecnología para comunicarnos...
Cuanta gente calla por miedo o vergüenza cosas que le hacen daño a si mismos a sus familias... Cuantas veces no nos atrevemos a hablar la verdad o decir lo que se necesita que digamos en ese momento, llámese para expresar los sentimientos o defender lo que es justo.
El Evangelio de Marcos (7,31-37) nos muestra a un sordo que apenas puede hablar. Un gesto y una palabra bastan para liberarlo de estas ataduras: meter sus dedos en los oídos y tocar con la su saliva la lengua, la frase que retomamos en el rito del Bautismo: EFFETÁ o sea "ABRETE."
Una muestra sin duda del gran amor y poder de Dios, pero también de su hermosa voluntad de hacernos libres, de rompe nuestras ataduras que no nos dejan oír sus bondades o anunciar al mundo sus maravillas.
Si desde el Bautismo nos abrieron la boca para anunciar su Palabra y nuestros oídos para escuchar su mensaje, porqué seguimos como sordos y mudos ante tantas cosas en la vida.
Sordos, para oír a Dios que me habla en ese padre de familia, o en ese hijo o hermano, en el cónyuge, amigo o compañero y que con caridad me corrige.
Sordos para no percibir la acción de Dios en esos acontecimientos de la vida que me están diciendo que debo cambiar o corregir.
Sordos para no distinguir los signos de los tiempos que me invitan a entrar en los designios de Dios y a ver la vida diferente.
Mudos ante tanta necesidad de diálogo conyugal y familiar, de expresar y manifestar cuanto queremos a los nuestros.
Mudos ante tanta injusticia personal y social que se calla y ampara en silencios cómplices y evasivos.
Mudos ante la verdad que sucumbe por la mentira y la corrupción que nos rodea.
Es curioso que al liberado del Evangelio y a los que los vieron se les pide no decir nada del hecho, porque Jesús no quería crear falsas expectativas de su mesianismo, él no busca publicidad de milagrero, no nos invita a seguirlo para hacernos milagros, mas bien nos invita a seguirlo porque somos libres y anunciar al mundo con todas nuestras potencialidades su Buena Nueva. Lo curioso es que a aquellos se los prohibieron y lo decían a todos, a nosotros que si nos envía anunciar su Evangelio, si nos cohibimos y parecemos sordos y mudos ante el mundo.
También la segunda lectura tomada de Santiago (2,1-5) nos habla de una ceguera social que de seguro necesitamos ser liberados: la acepción de personas. Lo que nos lleva a favoritismos, discriminación, preferencias. Cuando cegados por las apariencias juzgamos a las personas como más dignos o merecedores de ciertos privilegios. Las apariencias son eso simples apariencias, Dios ve el corazón y las intenciones de cada uno. No busquemos la posición social, el dinero, lo material o la buena apariencia a la hora de establecer nuestras relaciones interpersonales de amistad o de amor, busquemos la la bondad del corazón, los buenos valores y principios.
Según el texto bíblico esto pasaba en las asambleas litúrgicas de los inicios del cristianismo, no nos extraña que aun hoy esto persista en la Iglesia, en sus grupos y movimientos y mucho mas en la sociedad en general, pero un buen cristiano creo que debe buscar el trascender a estos vicios sociales y buscar más la genuina autenticidad.
Si sentimos que de alguna manera andamos ciegos por la ambición, el materialismo, los celos, el rencor etc.. Busquemos la luz de vida que es Cristo Jesús para que nos saque de esas tinieblas y nos permita vivir en su claridad, de seguro nuestra vida será más libre, tranquila y feliz.
Dejemos al Señor tomar cualquier ceguera, dejémosle abrir nuestra boca y oídos, que de seguro contemplaremos más su amor entre nosotros y seremos más libres para anunciar su Evangelio.
Con el cariño de siempre. P. Daniel Vargas.

Retomo la humilde reflexión de la Palabra dominical así como mis estudios, con la esperanza y el ánimo puestos en el Señor que guía nuestros pasos.
DOMINGO 6 DE SETIEMBRE DEL 2009. 23. DEL TIEMPO ORDINARIO.
Vivimos una época de la historia, muy privilegiada para poder comunicarnos, yo estoy a más de 10.000 km de mi tierra y puedo comunicarme con mi familia y amigos, por las vías de comunicación hoy creadas: correspondencia, teléfono, internet, messenger, skype... la tecnología es impresionante les veo, les oigo, les hablo con el micrófono y les veo o me ven por la cámara.
¿Podríamos imaginar por un momento con todas esas posibilidades, que sería no poder hablar o escuchar? Precisamente el Dios revelado en el Antiguo Testamento nos comunicaba a través del profeta Isaías (35,4-7 ) su motivación a no tener miedo a ser fuertes en cualquier situación difícil de la vida, pues Él con su poder es capaz de abrir los ojos del ciego, la boca del mudo o los oídos del sordo. Pues si es capaz de hacer brotar agua de un desierto que no podrá hacer en nuestras vidas.
Precisamente el pueblo de Israel había visto estos prodigios naturales en su experiencia del desierto, pues Él apacigua su sed y hace producir la vida donde solo se vislumbraba la muerte. Pero el amor y poder de Dios van más allá promete reivindicar la dignidad misma del ser humano y su capacidad de comunicarse con los demás.
Que sordos y mudos podríamos andar hoy nosotros, aun y a pesar de tanta tecnología para comunicarnos...
Cuanta gente calla por miedo o vergüenza cosas que le hacen daño a si mismos a sus familias... Cuantas veces no nos atrevemos a hablar la verdad o decir lo que se necesita que digamos en ese momento, llámese para expresar los sentimientos o defender lo que es justo.
El Evangelio de Marcos (7,31-37) nos muestra a un sordo que apenas puede hablar. Un gesto y una palabra bastan para liberarlo de estas ataduras: meter sus dedos en los oídos y tocar con la su saliva la lengua, la frase que retomamos en el rito del Bautismo: EFFETÁ o sea "ABRETE."
Una muestra sin duda del gran amor y poder de Dios, pero también de su hermosa voluntad de hacernos libres, de rompe nuestras ataduras que no nos dejan oír sus bondades o anunciar al mundo sus maravillas.
Si desde el Bautismo nos abrieron la boca para anunciar su Palabra y nuestros oídos para escuchar su mensaje, porqué seguimos como sordos y mudos ante tantas cosas en la vida.
Sordos, para oír a Dios que me habla en ese padre de familia, o en ese hijo o hermano, en el cónyuge, amigo o compañero y que con caridad me corrige.
Sordos para no percibir la acción de Dios en esos acontecimientos de la vida que me están diciendo que debo cambiar o corregir.
Sordos para no distinguir los signos de los tiempos que me invitan a entrar en los designios de Dios y a ver la vida diferente.
Mudos ante tanta necesidad de diálogo conyugal y familiar, de expresar y manifestar cuanto queremos a los nuestros.
Mudos ante tanta injusticia personal y social que se calla y ampara en silencios cómplices y evasivos.
Mudos ante la verdad que sucumbe por la mentira y la corrupción que nos rodea.
Es curioso que al liberado del Evangelio y a los que los vieron se les pide no decir nada del hecho, porque Jesús no quería crear falsas expectativas de su mesianismo, él no busca publicidad de milagrero, no nos invita a seguirlo para hacernos milagros, mas bien nos invita a seguirlo porque somos libres y anunciar al mundo con todas nuestras potencialidades su Buena Nueva. Lo curioso es que a aquellos se los prohibieron y lo decían a todos, a nosotros que si nos envía anunciar su Evangelio, si nos cohibimos y parecemos sordos y mudos ante el mundo.
También la segunda lectura tomada de Santiago (2,1-5) nos habla de una ceguera social que de seguro necesitamos ser liberados: la acepción de personas. Lo que nos lleva a favoritismos, discriminación, preferencias. Cuando cegados por las apariencias juzgamos a las personas como más dignos o merecedores de ciertos privilegios. Las apariencias son eso simples apariencias, Dios ve el corazón y las intenciones de cada uno. No busquemos la posición social, el dinero, lo material o la buena apariencia a la hora de establecer nuestras relaciones interpersonales de amistad o de amor, busquemos la la bondad del corazón, los buenos valores y principios.
Según el texto bíblico esto pasaba en las asambleas litúrgicas de los inicios del cristianismo, no nos extraña que aun hoy esto persista en la Iglesia, en sus grupos y movimientos y mucho mas en la sociedad en general, pero un buen cristiano creo que debe buscar el trascender a estos vicios sociales y buscar más la genuina autenticidad.
Si sentimos que de alguna manera andamos ciegos por la ambición, el materialismo, los celos, el rencor etc.. Busquemos la luz de vida que es Cristo Jesús para que nos saque de esas tinieblas y nos permita vivir en su claridad, de seguro nuestra vida será más libre, tranquila y feliz.
Dejemos al Señor tomar cualquier ceguera, dejémosle abrir nuestra boca y oídos, que de seguro contemplaremos más su amor entre nosotros y seremos más libres para anunciar su Evangelio.
Con el cariño de siempre. P. Daniel Vargas.

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