17 septiembre 2009

Servir con alegría, por amor a Cristo y no por competencia




Que hermoso sería levantarse cada mañana, darle gracias a Dios por todo lo que nos da y proponernos hacer todo lo que nos corresponda de la mejor manera...
Esto posiblemente lo hagan muchas personas, pero algunas solo lo hacen motivadas por la competencia de una sociedad, que te exige ser el mej
or y que ha dado mucha cabida a la envidia, a los celos, a las rivalidades, a destacar por encima de quien sea o de lo que sea.
Es la presión interna que golpea a muchas personas, haciéndolas vivir frustradas por no lograrlo o tensas y estresadas en su intento. Es el ambiente insano que va dañando muchos ambientes de trabajo, estudio y hasta de convivencia familiar o amistosa.
El Evangelio de San Marcos (9,30-37) plantea este drama humano en el grupo de los discípulos de Cristo. Mientras él va explicando lo que va a hacer, a entregar su vida, a aceptar la muerte, a traernos vida y resurrección, ellos por el camino solo discuten: ¿cuál es el más importante entre ellos? Cualquier parecido con la aspiración política de algunos costarricenses en esta campaña es pura casualidad....
Parece que a los discípulos les pasa lo mismo que a los cristianos de hoy vivimos tan preocupados por ser los más importantes, que se nos olvida lo que realmente es importante. Hoy en las familias, hay disgustos y hasta pleitos entre los esposos para demostrar cuál de los dos es el más importante, entendiendo seguro importante, por el que manda, grita, no se cuestiona y todos le siguen. Y como de tal palo, tal la astilla, los hijos disputan lo mismo, ya no solo entre hermanos sino incluso en desbancar a los padres. Los ejemplos son claros: quien maneja el control de la televisión, desobediencia en la órdenes, delegación
de funciones y el eterno conflicto de los permisos, que muchos de cierta edad dicen ya no lo pido solo informo la salida. Parece que el mundo competitivo se sale de las casas y se ha trasladado al vecindario, donde las familias luchan por sobresalir como las mejores, pensando que eso lo determina solo la casa, el auto, la propiedad, más no hago nado por el vecindario ni el bien común, solo nos preocupamos de lo nuestro. También se lleva al plano de las relaciones interpersonales y se vive en función de la apariencia, las amistades opulentas o agradables, la utilización de las personas y hasta sus sentimientos.
Ni que decir si este tema lo llevamos al ámbito laboral o estudiantil, donde se habla constantemente de serruchadas de piso, deslealtades, competencias encarnizadas por cierto puesto o nota que me haga destacar por encima de los demás, ganar más que ellos, el presumir ante otros.
¿Cuál será nuestro concepto de importante, o de ser el primero?
Oigamos el que nos da Jesús:
"Quien quiera ser el primero, que se haga el último de todos, el servidor de todos".Parece que la lógica de Jesús no es matemática, ni muy racional según el pensamiento social. Hacerse el servidor de todos, traducido hoy es hacer papel de tonto, "del que todos se aprovechan" y eso para que, si nadie lo agradece ni lo valora.
Veamos a quien usa Jesús para ejemplificarlo mejor: a un niño. Al que quizás no aporta mucho pero se le debe valorar porque vale igual o más que cualquier otra persona. Esto me hace recordar que de niño en los típicos rosarios en las casas, del Niño Jesús por ejemplo, a los niños, antes de terminar el rosario los llevaban aparte, generalmente detrás de la casa y les daban algo de comer antes que a todos. De niño pensé que era por ser más importantes, después comprobé que era para quitárselos de encima y atender mejor a los más importantes.... a los grandes.
Pues Jesús dice que si acogemos a un niño, en su nombre, valorando su dignidad de hijo amado de Dios, por lo que es en si y no por lo que vale, sabe, o produce, es como si lo acogiéramos a él mismo.

Eso significa que debemos hacer todo, por pequeño que sea no por lo que se espera recibir, sino por lo implica dar, hacer, servir, desde nuestro corazón con alegría y generosidad.
En el afán del hombre por demostrar su grandeza y poderío puede caer en las tendencias más nocivas de la maldad, en la primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría (2,17-20) se muestra esa actitud en los que el Antiguo Testamento llama impíos, o sea los que pensaban y vivían solo bajo criterios humanos y despreciaban la sabiduría de Dios. Estos ante el justo que les incomoda y molesta por lo que dice y como actúa, planean macábramente como acabar con él. Parece que solo el actuar bien de los justos (quien valora y respeta a Dios) molesta al que está mal y en su afán de ser superior, es capaz de sacar hasta sus peores deseos y acciones.
Esto lo vemos tan fácil en la rivalidad y violencia social de hoy, como se agrede y elimina la competencia en las pandillas delincuentes, en el narcotráfico y hasta en las estrategias políticas de muchos puestos públicos.
Por eso el texto de Santiago (3,16-46) nos recuerda en esa misma sintonía, que el cristiano debe buscar la sabiduría del cielo, para no sucumbir en las envidias y peleas que solo males le producen. Quien la sigue mas bien produce la paz y la justicia.
Creo que un ejemplo muy claro lo hemos visto en todo lo que ha sido el conflicto político hondureño. La ambición y obsesión por el poder ha cegado a ambos bandos y ha traído la falta de la paz y la justicia al pueblo catracho. Pues como decimos al final pagan justos por pecadores y la mayor consecuencia la vive el pueblo con todas las carencias, que ahora provoca el repudio mundial y el bloqueo económico por esta crisis democrática.

Pidamos al Señor esa sabiduría para nuestra vida, que podamos cada día dar lo mejor, con alegría y generosidad, así alegraremos y alabaremos a Dios con nuestras obras y le serviremos humildemente a los hermanos. Desterremos del corazón toda envidia, celos o afán de obsesión y competencia, busquemos superarnos claro, pero no cegados por la ambición y menos a costa de hacer mal a nadie, ni cometer ninguna injusticia.

CON EL CARIÑO DE SIEMPRE.
P. Daniel Vargas.

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