Este es el Santo cura de Ars y precisamente este fin de semana, con motivo del año sacerdotal y por ser él patrono del los curas, deseo compartir con ustedes la meditación que haré en este pequeño pueblo de Francia este fin de semana.
Así como por los años de 1840 miles de peregrinos de toda Europa viajaban hasta Ars para conocer la santidad del humilde Cura de ese pueblo y éste se resignó a aquel fenómeno extraño, y consagró todas sus fuerzas al bien de sus hermanos. También nosotros le visitamos en este año sacerdotal, aquí en el mismo lugar que vivió su ministerio, yace su cuerpo y se mantiene su memoria. Meditemos nuestra vocación a la luz de la Palabra de este Domingo 28 del tiempo ordinario y el testimonio de santidad de su vida.
-Sb 7,7-11.
En la lógica del mundo de hoy cualquiera ambicionaría los bienes materiales (riqueza, tronos, cetros) o el bienestar que aporta el placer y la comodidad (salud y belleza) Más este texto del Antiguo Testamento sin mucho cálc
ulo de mercadeo nos deja claro que si optamos por la prudencia y la sabiduría, haríamos la mejor inversión de nuestra vida, pues con ellas vienen todos los bienes, pues estas son la luz de la vida. La felicidad está asegurada. Pero estas no se adquieren en el mercado, hay que pedirlas (suplicar, invocar) y ya sabemos quien es su fuente divina.
El sacerdote corre el riesgo de pensar como uno más en esta sociedad mercantilista y consumista, la figura del Santo Cura de Ars nos permite comprobar que no es la sabiduría humana, ni su apariencia, ni su poder económico, ni su influencia social o eclesial la que le permitirá ser un signo atra
ctivo en la sociedad, para acercar a muchos a Dios, que es al final de cuentas su tarea y su medio para la santidad. Se dice de este insigne sacerdote: Agotados los medios humanos, acudió a la oración. Las noches se le pasaban pidiendo a Dios que le diese las luces necesarias para llegar a ser capaz de ganar almas. Multiplicó las limosnas, redobló las penitencias, frecuentó el trato con los pobres y los enfermos, se condenó a no condimentar sus comidas, y poco a poco pudo ver que su inteligencia se abría y que empezaba a comprender lo problemas de la Teología.
Sal 89.
Si Dios sacia al hombre con su misericordia, toda
su vida será alegría y júbilo.
Se testimonia que este hombre que recurrió tanto a la misericordia divina desde su humilde condición de pecador, realizaba su ministerio con alegría siempre sonriente y nunca ragañó a sus fieles a pesar de sus muchas correcciones.
-Hb 4,12-13.
La Palabra toca el corazón de todo creyente de forma viva y eficaz, le anima, le transforma, le cuestiona. Pero especialmente debe tocar al sacerdote mismo que la anuncia. Por eso no podemos ser solo profesionales, como el maestro de un oficio, claro que debemos conocerla, estudiarla, profundizarla, pero sobre todo debemos verla y oírla con espíritu de discípulo. El primero interpelado por ella debe ser el sacerdote. Esta como espada de doble filo llega hasta lo más profundo de su vida, como la semilla que cae en terreno fértil y no se queda en la superficie, esto hace no sólo que remueva todo nuestro ser sino que también luego la podamos predicar, no solo con la boca sino desde nuestro corazó
n, pues ahí ha sido sentida, orada, meditada. Pero también viene a revelarnos los deseos e intenciones más profundos, allí nos desenmascara, nos desnuda ante su mirada de amor transformante. No es la voz atrevida del que husmea morbosamente o solo condena, es la voz amorosa del Dios, que habla, cuestiona y reconquista a su amado. En este sentido el sacerdote es un privilegiado de la Palabra, pues la disfruta a través de muchos medios especialmente su encuentro diario en la Eucaristía, donde debe configurarse con Cristo y dejarse transfo
rmar en Él. En esa medida se vuelve un puente de doble vía para los hombres.
“La clave es Jesucristo sacerdote, por eso todo sacerdote debe identificarse con él, pues actúa en su nombre. Plantea una doble dirección de la vida sacerdotal, como el puente actúa en nombre de Dios de cara a los hombres y representa a los hombres hacia Dios. Su esencia es el poder de consagrar en el contexto de la Eucaristía y la predicación que le implica santidad y habilidad.
El sacerdote debe sentir con toda la Iglesia”. (SAN JUAN DE AVILA, PATRONO DEL CLERO ESPAÑOL)
Mc 10,17-30.
Lo que vive y enseña Jesús, hace que muchos le vean como un maestro, dejando percibir una bondad que va más allá de un
a simple virtud humana, que trasciende a una dimensión divina. Lo comprueba aquel que al llamarlo así, le pregunta: ¿Qué haré para heredar la vida eterna? Jesús verificando que la bondad perfecta se encuentra solo en Dios, responde que cumplir los mandamientos es el camino para ir por la ruta del bien, llama la atención en medio de la cultura de la muerte que a menudo contemplamos, que el primer mandamiento al que Jesús hace mención sea el no matarás, como norma sublime para la vida buena de los hombres. Una motivación más para defender la cultura de la vida, que debe ser restaurada y promovida desde la civilización del amor.
Al igual que este personaje, muchos creyentes n
os esforzamos por vivir según las normas de la alianza judeo cristiana, más como lo dirá Jesús tras su mirada cariñosa, eso no es suficiente, hace falta seguir a Jesús anteponiendo todo aquello, que pudiera ser un obstáculo para este seguimiento.
“Una cosa te hace falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres”, esto es más que evidente en el cura párroco de Ars: Pobre hasta la necesidad, tenía un cuarto desnudo y ahumado, una sotana remenda
da y un sombrero viejo, que provocaba las burlas de las gentes. "Para el cura de Ars -respondía él-, es demasiado." Por sus manos pasaban miles de monedas de oro y de plata, pero todo iba a parar a los necesitados. Construyó escuelas, templos, hospitales y asilos de huérfanos. Su mayor contento era socorrer una necesidad. "Somos muy felices -solía decir-, porque los pobres vienen a nosotros. Si no viniesen, tendríamos que buscarlos.
Esto me hace recordar a un inquieto joven de 17 años, que se sentía llamado a seguir a Cristo, desde la vida sacerdotal y a quien algunos le decían, busca otro camino que te de más éxito, más dinero y posibilidades de triunfo. Hoy 22 años después de esa situación y a casi 15 años de haberle dado e
l si en la ordenación sacerdotal, les digo que valió la pena haber dejado tantas cosas por él. Y comprobar, que si se deja casa, o familia, o bienes por él, se recibirá de todo eso cien veces más. En tantos años de seguirle no han faltado personas que me den su cariño y amistad, como si fueran familia y en su providencia nada me ha faltado. Las persecuciones, dificultades o problemas, serán también parte del seguimiento, pues si no hay cruz no se alcanzará la meta de la vida eterna. Por lo cual cualquier esfuerzo o sacrificio vale la pena. El Cura de Ars desde su inicio también enfrentó diversidad de problemas, esto se dice de cu
ando llego a aquel desolado e indiferente pueblo: La vista de su parroquia le llenó de desaliento. Era un pueblo pobre, abandonado, incomunicado; pero, más que esto, lo que llenaba de terror al nuevo sacerdote era la absoluta indiferencia religiosa. "Aquí no hay nada que hacer; yo mismo corro peligro de perderme." La caridad se sobrepuso a este primer movimiento, y el celo disipó los temores. Y ni que decir de sus enfermedades, las burlas y críticas de muchos adversarios y las persecuciones del mismo diablo, ante todo esto San Juan María Bautista decía: “Muchas eran entonces mis cruces -confesaba más tarde-; tantas, que ap
enas las podía soportar. Pedí al Señor que me diese la gracia de amarlas, y de repente me sentí dichoso. ¡Verdaderamente, sólo allí existe la felicidad”.
Lo que si nos queda claro es que si en nuestro corazón le damos más importancia a los bienes de este mundo o a los obstáculos que se nos presenten, nos será muy difícil seguir a Jesús con fiel entrega y generoso abandono, poniendo en riesgo nuestra salvación y la de otros. Esto decía unos de los
parroquianos de Vianney: “No valemos mucho más que los otros pueblos, pero seríamos muy miserables si, viviendo junto a un santo, nos entregásemos a los desórdenes”.
Ser sacerdote de Cristo y estar en este año sa
cerdotal aquí en el mismo lugar donde Dios suscitó a este gran modelo de santidad, es un privilegio y un gran compromiso pues nos lanza al reto de nuestra propia santidad desde el sacerdocio en las particularidades de vida y de cultura que a cada uno de nosotros nos circundan. San Juan María Vianney con su personalidad: un carácter jovial y sencillo, de trato agradable. Un hombre con ingenuidad infantil y sin ostentación, una mezcla de abandono, candor y gracia sencilla, combinadas con finura de tacto, seguridad de juicio, que daba a su trato y a toda su persona un encanto inexpresable. Cada uno de nosotros con nuestras diversas personalidades.
El Cura de Ars, pastor desde pequeño, de tres ovejas y un asno, realiza este humilde oficio como todo un anticipo del verdadero oficio
que Dios le confiaría de apacentar a su rebaño, configurado con EL, el Buen Pastor. Siempre acompañado de su zurrón con la imagen de la Virgen la que no se cansaba de admirar y a la que le rezaba constantemente.
Invoquemos también nosotros a nuestra señora la Virgen del Pilar, para que nos acompañe y proteja en el ministerio y así podamos asumir hoy el estudio, mañana nuestro trabajo pastoral con el celo santificante del Santo Cura de Ars y podamos decir con San Agustín: “Cuando se ama no se trabaja y si se trabaja se ama el trabajo”
Con el cariño de siempre.
P. Daniel Vargas.

1 comentario:
siempre asociare al cura de Ars con vos mi querido amigo
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